Friday, December 21, 2012

¡¡El Gigante Egoísta - Oscar Wilde!!



 Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a 
ir a jugar al jardín del gigante. 
Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. 
Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas,
 y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían 
de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto. 
 Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente 
que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.
 -¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros. 
 Un día el gigante regresó. 
Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, 
y permaneció con él durante siete años. 
Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, 
pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. 
Al llegar vio a los niños jugando en el jardín. 
 -¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. 
Y los niños salieron corriendo.

 -Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. 

-Ya es hora de que lo entendáis, 


y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él. 
 Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel: 
 Prohibida la entrada. 
 Los transgresores serán procesados judicialmente. 
 Era un gigante muy egoísta.
 Los pobres niños no tenían ahora donde jugar. 
 Trataron de hacerlo en la carretera, 
pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, 
y no les gustó. 
 Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, 
alrededor del alto muro, para hablar del hermoso 
jardín que había al otro lado. 
 -¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros. 
 Entonces llegó la primavera y todo el país 
se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín 
del gigante egoísta continuaba el invierno. 
 Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde 
que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. 

Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, 



pero cuando vio el cartel se entristeció tanto,
pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra 
y se echó a dormir. 
 Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo. 
 -La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. 
-Podremos vivir aquí durante todo el año 
 La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco 
y el Hielo pintó de plata todos los árboles. 
Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, 
y el Viento aceptó.
 Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín,
 derribando los capuchones de la chimeneas. 
 -Este es un sitio delicioso- decía. 
-Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos. 
 Y llegó el Granizo. 
Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, 
hasta que rompió la mayoría de las pizarras, 

y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín 

corriendo lo más veloz que pudo. 
Vestía de gris y su aliento era como el hielo. 
 -No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar


- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y 
ver su jardín blanco y frío. 
-¡Espero que este tiempo cambiará! 
 Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. 
El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, 
pero al jardín del gigante no le dio ninguno. 
 -Es demasiado egoísta- se dijo. 
 Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, 
y el Viento del Norte, el Hielo, 
el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles. 
 Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, 
cuando oyó una música deliciosa. 
Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería 
el rey de los músicos que pasaba por allí. 
En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana,
 pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, 
que le pareció la música más bella del mundo.
 Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, 
el Viento del Norte dejó de rugir, 
y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta. 
 -Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; 
y saltando de la cama miró el exterior.
 ¿Qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. 
Por una brecha abierta en el muro los niños habían 
penetrado en el jardín, habían subido a los árboles 
y estaban sentados en sus ramas. 
En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, 
había un niño. 
Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener 
consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos 
y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños. 
 Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, 
y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped.
 Era una escena encantadora. 
Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. 
Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba 
un niño muy pequeño. 
Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, 
y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. 
El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, 
y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él. 


 -¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas 
tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. 
El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo. 
 -¡Qué egoísta he sido- se dijo.
 -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. 
Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol,
 derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo 
de los niños para siempre. 
 Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho. 
 Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal 
con toda suavidad y salió al jardín. 
 Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, 
que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. 
 Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, 
que no vio acercarse al gigante. 
Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente 
en su mano y lo colocó sobre el árbol. 
El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él,
y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó. 
 Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, 
volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos. 
 -Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, 
y cogiendo una gran hacha derribó el muro. 
Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, 
encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso 
de los jardines que jamás habían visto. 
 Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron 
a despedirse del gigante. 
 -Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, 
el niño que subí al árbol?
- preguntó.
 El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado. 
 -No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.
 -Debéis decirle que venga mañana sin falta
- dijo el gigante. 
 Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía 
y nunca antes lo habían visto. 
El gigante se quedó muy triste. 
 Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, 
los niños iban y jugaban con el gigante. 
Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, 
no se le volvió a ver. 
El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero 
echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él. 


 -¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir. 
 Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho 
y cada vez estaba más débil. 
Ya no podía tomar parte en los juegos; 
sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.
 -Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas. 
 Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. 
Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino 
la primavera adormecida y el reposo de las flores. 
 De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. 
Verdaderamente era una visión maravillosa. 
En el más alejado rincón del jardín había un árbol 
completamente cubierto de hermosos capullos blancos. 
Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas 
y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso. 
 El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. 
Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. 
Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó: 
 - ¿Quién se atrevió a herirte?
- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, 
y las mismas señales se veían en los piececitos. 
 -¿Quién se ha atrevido a herirte?
- gritó el gigante. 
-Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle. 
 -No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.
 -¿Quién eres?- dijo el gigante; 
y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño. 
 Y el niño sonrió al gigante y le dijo: 
 -Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, 
que es el Paraíso. 
 Y cuando llegaron los niños aquella tarde, 
encontraron al gigante tendido,
 muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos. 
OSCAR WILDE

(IMÁGENES OBTENIDAS EN LA RED)

Thursday, November 15, 2012

¡¡La Cenicienta-Charles Perrault!!


Érase una vez un gentil hombre que se casó en segundas nupcias con la mujer más altiva y orgullosa que se pudo ver jamás. Tenía dos hijas que eran idénticas a ella, al haber heredado todo su carácter. El marido, por su parte, tenía una hija joven, de una dulzura y bondad sin igual, pues se parecía en todo a su madre, que había sido la mejor persona del mundo.
Fuente de la imagen: www.canalred.info.
 Fuente de la imagen: www.canalred.info.
Inmediatamente después de la boda, la madrastra dio rienda suelta a su mal carácter; no podía soportar las buenas cualidades de aquella niña, que hacían a sus hijas aún más odiosas. La obligó a hacer las tareas más viles de la casa: tenía que fregar los platos, limpiar las escaleras y toda la casa, arreglar todas las habitaciones, incluidas las de sus hijas. Dormía en un desván, en lo más alto de la casa, sobre un mal jergón, mientras que sus hermanas disponían de grandes habitaciones entarimadas, con camas a la última moda, y grandes espejos donde se podían ver de cuerpo entero.
La pobre chica lo sufría todo con mucha paciencia y no se atrevía nunca a quejarse a su padre, por temor a que le riñera, pues su mujer lo tenía completamente dominado.
Cuando la joven terminaba sus tareas, se iba a un rincón de la chimenea a sentarse sobre las cenizas, por lo que en la casa la llamaban generalmente Culoceniza. La hermana pequeña, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta ; aunque Cenicienta, con sus harapos, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus            
hermanas, a pesar de que ambas vestían con ropas muy lujosas.
Y sucedió que el hijo del Rey dio un baile, al que invitó a todas las personas de calidad, siendo invitadas también nuestras dos señoritas, ya que ellas pertenecían a una familia distinguida en el país. Helas aquí, pues, muy contentas y muy atareadas en elegir los vestidos y los peinados que les sentaran mejor. Esto ocasionó nuevos trabajos para Cenicienta, ya que era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y quien almidonaba los puños. Continuamente las oía hablar de la forma en que iban a arreglarse.
-Yo -decía la mayor- me pondré el vestido de terciopelo rojo y el aderezo de Inglaterra.
-Yo -decía la menor-, me pondré una sencilla falda, aunque también llevaré el mantón de flores de oro y el broche de diamantes, que no está muy visto.
Buscaron una buena peluquera que les hiciera los peinados de dos pisos, y encargaron en la sastrería lunares postizos; llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, ya que tenía muy buen gusto.
Cenicienta les aconsejó lo mejor que pudo, ofreciéndose incluso para retocarles el peinado, lo que aceptaron inmediatamente las hermanas, pues era lo que estaban deseando.
Mientras las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
-¡Ay, señoritas, ¿os estais burlando?; eso no está hecho para mí.
-Tienes razón, la gente se reiría mucho viendo a una sucia Culoceniza acudir al baile.
Otra que no fuera Cenicienta las habría peinado al revés, pero ella, que era buena, las peinó estupendamente.
Las dos hermanas estuvieron casi dos días sin comer, pues querían lucir una figura estilizada. Sin embargo, aún rompieron más de doce cordones a fuerza de tirar de ellos para conseguir una talle más fino, y no dejaban un momento de mirarse en el espejo.
Al fin llegó el feliz día y las hermanas se marcharon. Cenicienta las siguió con la mirada todo el tiempo que pudo y, cuando las perdió de vista, se puso a llorar.
Charles Perrault, escritor francés del siglo XVII, es conocido ante todo por sus cuentos, entre los que figuran Cenicienta y La bella durmiente, que él recuperó de la tradición oral en Historias o cuentos del pasado (1697).

Su Madrina, que era un hada, la sorprendió hecha un mar de lágrimas y le preguntó qué le pasaba.
-¡Me gustaría mucho..., me gustaría mucho...!
Cenicienta lloraba tan fuerte que no pudo terminar. El hada le preguntó:
-Te gustaría mucho ir al baile, ¿verdad?
-¡Ay, sí! -dijo Cenicienta suspirando.
-Bueno, si te portas bien -dijo su Madrina-, yo haré que vayas.
La llevó a su habitación y le dijo:
-Ve al jardín y tráeme una calabaza.
Cenicienta fue enseguida a coger la más hermosa que pudo encontrar, y se la llevó a su Madrina, no pudiendo adivinar cómo esa calabaza podría hacerla ir al baile.
Su madrina la vació dejando sólo la corteza, la tocó con su varita mágica y la calabaza se transformó en el acto en una hermosa carroza dorada.
Después miró en la ratonera, donde encontró seis ratones vivos aún, y le dijo a Cenicienta que levantara un poco la trampilla; a cada ratón que salía, le daba un golpecito con la varita y el roedor se transformaba en un hermoso caballo, así hasta que tuvo un precioso tiro de seis caballos, de un bello color de ratón gris claro.
Como estuviera preocupada por encontrar algo que le sirviera de cochero, dijo Cenicienta:
-Voy a ver si alguna rata ha caído en la ratonera, para convertirla en cochero.
-Tienes razón -dijo su Madrina-, mira si hay.
Cenicienta le llevó la ratonera, donde había tres ratas muy gordas. El hada eligió una, la que tenía las mejores barbas, y, tocándola con la varita, la convirtió en un gordo cochero, que lucía unos hermosos mostachos.
Después le dijo:
-Ve al jardín y allí encontrarás seis lagartos detrás de la regadera. Tráemelos.
En cuanto los hubo traido, el hada madrina los convirtió en seis lacayos, que subieron al instante a la trasera de la carroza con sus libreas llenas de galones, muy erguidos, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida.
El hada dijo entonces a Cenicienta:
-Bueno, aquí tienes ya con qué ir al baile. ¿Estás contenta?
-Sí, pero, ¿cómo voy a ir con este viejo vestido?
Su Madrina no hizo más que tocar con la varita mágica las pobres ropas, y al momento se transformaron en vestidos de tisú de oro y plata, recamados de piedras preciosas; también le dio el hada un par de zapatos de cristal, los más bonitos del mundo.
Cuando Cenicienta estuvo de tal modo vestida, subió a la carroza; pero su madrina le recomendó ante todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que, si permanecía en el baile un minuto más, su carroza volvería a ser calabaza; sus caballos, ratones; sus lacayos, lagartos, y sus ropas viejas recobrarían su aspecto normal.
Prometió a su Madrina que haría todo tal como ella decía; y se fue llena de felicidad.
El hijo del Rey, a quien comunicaron que acababa de llegar una princesa que nadie conocía, fue a recibirla; le dio la mano cuando bajó de la carroza, y la condujo al gran salón donde estaban los invitados.
Se hizo entonces un repentino silencio; se paró el baile y los violines dejaron de tocar, de tan sorprendidos que estaban contemplando la gran belleza de aquella desconocida. Sólo se escuchaba un rumor confuso:
-¡Oh! ¡Qué hermosa es!
El propio Rey mismo, a pesar de ser muy viejo, no dejaba de mirarla y de decirle a la reina en voz baja, que hacía mucho tiempo que no veía a nadie con tanta gracia y belleza.
Todas las damas observaban con mucha atención su peinado y su vestido, para tener desde el día siguiente otros parecidos, siempre que pudieran encontrarse telas tan maravillosas y modistas tan expertas.
El hijo del Rey la colocó en un lugar de honor y en seguida la sacó a bailar. Ella danzó con tanta gracia que la admiraron aún más. Los criados trajeron manjares exquisitos para los invitados, pero el joven príncipe no probó bocado. ¡Tan embelesado estaba contemplando a la desconocida! Cenicienta se sentó al lado de sus hermanas, haciéndoles muchos cumplidos y compartiendo con ambas las naranjas y los limones con que el príncipe las había obsequiado, lo cual las sorprendióó mucho, pues ellas no la conocían de nada.
Estaban charlando, cuando Cenicienta oyó que daban las doce menos cuarto; entonces hizo una gran reverencia a todos los presentes y se marchó a toda prisa.
En cuanto llegó a casa, fue a buscar a su Madrina y, luego de haberle dado las gracias, le dijo que desearía otra vez ir al baile al día siguiente, porque el hijo del rey se lo había pedido.
Cuando ella estaba ocupada contándole a su Madrina todo lo sucedido en el baile, las hermanas llamaron a la puerta y Cenicienta fue a abrirles:
-¡Cuánto habéis tardado en volver!- les dijo mientras se frotaba los ojos y se desperezaba como si acabara de despertarse; aunque, por supuesto, ella no tenía nada de sueño.
-Si hubieses venido al baile -le dijo una de sus hermanas-, no te habrías aburrido, pues ha asistido una hermosa princesa, la más hermosa que nadie haya visto jamás, y ha sido muy amable y atenta con nosotras, obsequiándonos con naranjas y limones.
Cenicienta estaba muy feliz y les preguntó el nombre de la princesa, pero le respondieron que nadie la conocía, ni siquiera el hijo del Rey, y que éste daría cualquier cosa por saber quién era.
Cenicienta, sonriendo, les preguntó:
-¿Tan hermosa era? ¡Dios mío, pues sí que tenéis suerte! ¿No podría verla yo? ¡Ay, señorita Javotte, ¿no podrías prestarme tu vestido amarillo, ese que te pones a diario?
-¡Pues sí -dijo la señorita Javotte -, precisamente en eso estaba yo pensando! ¡Estaría loca si prestara mi vestido a una sucia Culoceniza como tú!
Cenicienta esperaba esta negativa y se alegró de ello, porque se hubiera encontrado en un gran dilema si su hermana le hubiera querido prestar el vestido.
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y Cenicienta también, aunque todavía mejor ataviada que la primera vez.
El hijo del Rey estuvo con ella toda la noche y no paró de decirle cosas bonitas; hasta tal punto la distrajo, que olvidó lo que su madrina le había recomendado, de manera que oyó sonar la primera campanada de medianoche, cuando creía que no eran aún ni las once. Cenicienta huyó entonces, con la ligereza de una gacela.
El Príncipe la siguió, mas no pudo alcanzarla, y ella, en la precipitación de la huida, dejó caer uno de sus zapatos de cristal, que el príncipe se apresuró a recoger con mucho cuidado.
Cenicienta llegó a su casa muy sofocada, sin carroza, sin lacayos, y con sus feos vestidos; no le quedaba de tanto esplendor más que el otro zapato de cristal, la pareja del que había dejado caer.
Preguntaron a los guardias de la puerta del palacio si habían visto salir a una princesa, y contestaron que sólo habían visto salir a una muchacha muy mal vestida, que tenía más el aspecto de una campesina que de una señorita.
Cuando sus dos hermanastras regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si también esa noche se habían divertido y si la bella dama había de nuevo aparecido.
Ellas le dijeron que sí, pero que había huido cuando llegó la medianoche, y que había perdido en su precipitación uno de sus zapatitos de cristal, el más bonito del mundo; que el hijo del Rey lo había recogido, y que no había hecho otra cosa, en todo el resto del baile, sino mirarlo permanentemente, y que, con total seguridad, estaba muy enamorado de la hermosa joven a quien pertenecía ese zapatito.
Las hermanas decían la verdad, ya que pocos días después, el hijo del rey mandó publicar a toque de corneta que se casaría con aquella joven a quien le viniese bien el zapatito de cristal.
Y comenzó a probárselo a las princesas, siguiendo las duquesas, y a todas las damas de la corte, pero todo fue en vano.
Por fin, la prueba llegó a la casa de las hermanas, que hicieron todo lo posible para que su pie entrara en el zapatito, pero no lo consiguieron.
Cenicienta, que las miraba y que reconoció su zapato, dijo riéndose:
-¡Puedo intentarlo yo!
Sus hermanas se echaron a reír y empezaron a burlarse de ella. El gentilhombre que efectuaba la prueba del zapato, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta, y encontrándola muy hermosa, dijo que era justo, y que él tenía orden de probárselo a todas las jóvenes. Hizo sentar, entonces, a Cenicienta y, acercando el zapato a su piececito, vio que entraba sin esfuerzo y que le caía como un guante.
La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande aún fue cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito, que se puso en el otro pie. En ese preciso instante hizo su aparición el hada Madrina, quien, golpeando con la varita mágica los vestidos de Cenicienta, los convirtió en unos vestidos mucho más deslumbradores que todos los anteriores.
Entonces las dos hermanas la reconocieron como la hermosa dama que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían hecho sufrir.
Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que les rogaba que, en adelante, fueran buenas amigas.
Cenicienta, ataviada como estaba, fue conducida ante el joven Príncipe, que la encontró más hermosa que nunca; y unos días después se casó con ella.
Cenicienta, que era tan buena como hermosa, había hecho que sus hermanas se alojaran en el palacio, y el mismo día las casó con dos grandes señores de la corte.
Charles Perrault, escritor francés del siglo XVII, es conocido ante todo por sus cuentos, entre los que figuran Cenicienta y La bella durmiente, que él recuperó de la tradición oral en Historias o cuentos del pasado (1697).


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Sunday, October 28, 2012

¡¡CUENTO DE LA ISLA -JORGE BUCAY!! (Lección llena de sabiduría)

Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos 
que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, 
el Odio...
Todos estaban allí. A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente
 tranquila e incluso previsible. 
A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba 
algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Convivencia lograban aquietar 
el Descontento. 
Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó 
una reunión. 
Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar de encuentro, 
todos estuvieron presentes. 
Entonces, el Conocimiento dijo: -Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde. 
 Todas las emociones que vivían en la isla dijeron: -¡No, cómo puede ser! 
¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre! 
 El Conocimiento repitió: -La isla se hunde. -
 ¡Pero cómo puede ser! ¡Quizá estás equivocado! 
- El Conocimiento casi nunca se equivoca- dijo la Conciencia dándose cuenta 
de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde. 

- ¿Pero qué vamos a hacer ahora?- se preguntaron los demás. 
 Entonces, el Conocimiento contestó: - Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, 
pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla...
Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que
 permanezca en la isla desaparecerá con ella. 
- ¿No podrías ayudarnos?- le preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad. 
- No ?dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto 
termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana. 
 Las emociones dijeron: -¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros? Dicho esto, 

el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, 
que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla. 
Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero...
Todas...salvo el Amor. Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo: 
 -Dejar la isla...después de todo los que viví aquí...¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahhh...compartimos tantas cosas... 
 Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor 
se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena 
como solía hacerlo en otros tiempos. 
Tocó cada piedra...y acarició cada rama... 

Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, 
quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor: ?Quizá la isla se hunda por un ratito...
y después resurja...¿por qué no?? 
 Y se quedó durante días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso 
de hundimiento no era reversible... 
 La isla se hundía cada vez más... Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, 
porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería. 
Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, 
siempre él podría refugiarse en la zona más alta... 
Cualquier cosa era mejor que tener que irse. 

Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él. 
Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla...y se arrastró por la arena...y otra vez 
se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme... 
Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hasta la parte norte de la isla, 
que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada... 
Y la isla se hundía cada día un poco más... Y el Amor se refugiaba cada día en un 
espacio más pequeño... 
 - Después de tantas cosas que pasamos juntos...- le reprochó a la isla. 
Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua. 

Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. 
Comprendió que, si no la dejaba, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra... 
 Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor 
se dirigió a la bahía. Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; 
había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía 
poco a poco entre sus ojos. 

Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. 
Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros
 le comprendiera y le llevara. 
Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. 
La Riqueza de acercó un poquito a la bahía. 
 -Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? 
Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote... 
 Y la Riqueza le contestó: 
 - Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, 
lo siento...- y siguió su camino sin mirar atrás. 

 El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, 
lleno de adornos, cárieles, mármoles y florecitas de todos los colores. 
Llamaba muchísimo la atención. 
El Amor se estiró un poco y gritó: -¡Vanidad...Vanidad...llévame contigo!
 La Vanidad miró al Amor y le dijo: 
 - Me encantaría llevarte, pero...¡tienes un aspecto!...¡estás tan desagradable...tan sucio y tan desaliñado!...
Perdón, pero creo que afearías mi barco- y se fue. 
Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. 
A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. 
Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, 
el último, el de la Tristeza. 

 - Tristeza, hermana- le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, 
eres tan sensible como yo...¿Me llevarás contigo? Y la Tristeza le contestó: 
 - Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaaan triste....que prefiero estar sola
- y sin decir más se alejó. 

 Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas 
que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer. 
 Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final... 
 De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba: - Chst- chst-chst... 
 Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos. 
El Amor se sorprendió: -¿A mi?- preguntó, llevándose una mano al pecho. 
- Si, si- dijo el viejito- a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo. 
 El Amor le miró y quiso darle explicaciones: - Lo que pasó fue que me quedé...

 - Entiendo- dijo el viejito sin dejarle terminar la frase-, sube. 
 El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla. 
No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote
 terminó de hundirse y la isla desaparecería para siempre. 
- Nunca volverá a existir una isla como esta- murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito 
le contradijera y le diera alguna esperanza.

 - No ? dijo el viejito-, como ésta, nunca. 
 Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo. 
Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.
 Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, 
se había marchado tan misteriosamente como había aparecido. 
Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle: 
 -¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó...Nadie comprendía que me hubiera 

quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo no ni siquiera se quién es... 
 La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo: 
 - Él es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de 
una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante. 
El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. 
El que te salvó, Amor, es el Tiempo.


(JORGE BUCAY)





(IMÁGENES OBTENIDAS EN LA RED)

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